#256 Incentivos (III): señales confusas — imanes, Yakuzas y taxistas

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¿Por qué haces lo que haces? ¿Por qué te has levantado de la cama hoy? Piénsalo en serio. ¿Ha sido porque sonó el despertador y temías llegar tarde? ¿Por el olor a café? ¿Por la nómina que esperas recibir a fin de mes? ¿O quizás por el llanto de tu hijo en la otra habitación?

Nos gusta pensar que somos los capitanes de nuestra alma y los dueños de nuestro destino. Pero la realidad es que vivimos expuestos a infinidad de fuerzas que nos empujan, nos frenan o nos desvían del rumbo constantemente. A veces son obvias, como el dinero o el miedo. Pero otras veces son tan sutiles que otros, o nosotros mismos, nos manipulan sin que nos demos cuenta.

Y lo que es más fascinante —y peligroso—: los humanos intentamos constantemente controlar esas fuerzas para provocar que los demás se comporten como queremos. Y eso que casi siempre nos sale el tiro por la culata.

Por eso hoy hablamos de zanahorias, de palos y de por qué los humanos somos tan rematadamente difíciles de programar, para frustración de quienes somos ingenieros. Hoy volvemos a uno de mis temas preferidos: los incentivos.

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