Hoy arrancamos con una historia algo perturbadora.
Todo empezó el 5 de julio de 1884, a unas mil seiscientas millas naúticas del Cabo de Buena Esperanza. En mitad del océano, vamos.
Por allí navegaba un pequeño barco inglés llamado Mignonette que iba camino de Sidney.
Lo tripulaban cuatro hombres encargados de entregárselo a su nuevo dueño en Australia. El capitán era Tom Dudley, un hombre experimentado, religioso y padre de familia. Su segundo de abordo era Edwin Stephens. Les acompañaba un marinero curtido, Edmund Brooks, y un joven grumete de diecisiete años para el que era su primer viaje. Se llamaba Richard Parker. Quédate con ese nombre: Richard Parker.
Aquella tarde, el cielo se ennegreció y el viento empezó a arreciar. El capitán ordenó detener el barco, esperar a que escampara y dormir tranquilos. Pero justo cuando terminaron la maniobra, les golpeó una ola enorme que arrancó parte del casco. El capitán lo miró y entendió que el barco no iba a salvar.
Los cuatro saltaron al bote salvavidas, un cascarón de apenas 4 metros. El Mignonette se hundió en cinco minutos. Sólo les dio tiempo a rescatar lo justo para orientarse y un par de latas de conservas. Ni una gota de agua dulce.
Y empezaron a vagar a la deriva.
A partir de ahí hicieron lo que pudieron para sobrevivir racionando las latas y también una tortuga que consiguieron cazar al cuarto día. Pero esa comida se acabó pronto. Aún así, lo peor era la sed. Bebían la poca agua de lluvia que conseguían recoger cuando caía, pero el sol era abrasador.
Llegó un momento en el que Richard Parker, el grumete, no pudo soportar la sed más y empezó a beber agua del mar. Poco después, se le fue la cabeza y empezó a delirar. A los diecinueve días del naufragio él agonizaba tumbado en el fondo del bote.
Dudley, el capitán, reunió a los otros dos. Había que tomar una decisión. Si esperaban, morirían los cuatro. Si actuaban, sobrevivirían ellos tres. Les habló del derecho del mar, de la “costumbre” no escrita entre supervivientes en alta mar, de que si alguien va a morir y su cuerpo se puede aprovechar, debía hacerse. Propuso echar a suertes quién acababa con la agonía del grumete. Brooks se negó: dijo que prefería morir. Stephens dudó. Dudley insistía.
Al amanecer del día veinte, el capitán rezó, le pidió perdón al chico, y le clavó una navaja en la yugular. Stephens le sujetó las piernas. Brooks no participó, pero tres días después comió, como sus dos compañeros. Sobrevivieron a base de la carne y la sangre de Parker durante cuatro días más. Al quinto, fueron rescatados por un barco alemán.
Volvieron a Inglaterra convencidos de que les esperaba un recibimiento de héroes. Dudley, en cuanto llegó al puerto, contó lo que habían hecho con todo detalle ante las autoridades. No escondió nada. Estaba absolutamente seguro de que esa costumbre del mar los amparaba. La prensa los recibió con compasión. Las colectas para sus familias se llenaron rápidamente. Y entonces, sin previo aviso, un fiscal decidió que aquello no era una costumbre, sino un asesinato. Y los procesó.
El juicio partió al país en dos. Medio Reino Unido pedía la horca. El otro medio, el indulto. Hombres con décadas de experiencia en el mar decían que cualquiera habría hecho lo mismo, mientras muchos sacerdotes les acusaban de ofender a Dios. Los tres marineros no terminaban de entender lo que sucedía.
Por si todo esto fuera poco, esta historia encierra además, una casualidad escalofriante. Cuarenta y seis años antes, en 1838, Edgar Allan Poe había publicado su única novela larga. Se titula La narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket. Cuenta la historia de un naufragio. Cuatro hombres en un bote. Hambre, sed, locura. Y la decisión, a suertes, de matar y comerse a uno de ellos. Un grumete… que también se llamaba Richard Parker.
Sobre la casualidad no tengo mucho que decirte, excepto que ya dedicamos un capítulo entero a las sincronicidades, que te dejo enlazado en las notas.
Pero sobre el caso del Mignonette sí hay mucho que decir. Porque creo que lo realmente interesante no es que se comieran al grumete. Sino que medio país pidiera una cosa y el otro medio otra. Que el mismo hecho pudiera verse desde marcos morales tan incompatibles.
Y es que de eso vamos a hablar hoy: de cómo nuestros marcos morales definen nuestra manera de analizar el mundo.
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- #2 Modelos Mentales 1: Navajas, canibalismo y filósofos sádicos
📚 Libros recomendados:
- Edgar Allan Poe – The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket (en castellano: «La narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket»)
- Jonathan Haidt – The Righteous Mind (en castellano: «La mente de los justos»)
- Paul Bloom – Against Empathy (en castellano: «En contra de la empatía»)
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