#69 Productividad personal (I): el superpoder de la concentración

Soy consciente de que la tercera temporada de kaizen ha empezado intensita. Entre agujeros negos, la psicología de Munger y las reflexiones sobre nuestra capacidad de ignorar las atrocidades, nos vamos a quedar todos con arrugas en la frente de poner cara de pensar fuerte. 

Así que hoy vamos a volver a temas más terrenales. Y, sobre todo, prácticos. Creo que de las sugerencias recurrentes que llegan para el podcast, seguramente la más frecuente que aún no hemos tratado es la gestión del tiempo. Aunque teniendo en cuenta que estoy escribiendo esto un sábado a las 8 de la mañana, lo mismo debería decir que no soy necesariamente un referente, pero bueno. 

A pesar de ello, vamos a intentarlo.

Hoy abrimos una de esas mini-series en el podcast, que se desarrollará en capítulos sueltos, salpicados a lo largo de la temporada, sobre un tema algo más amplio que la gestión del tiempo, pero que, en el fondo, lo incluye: la productividad personal.

Hubo un tiempo, hace tantos años que voy a evitarme la depresión de calcularlos, en el que la productividad personal fue una de esas obsesiones que me dan de vez en cuando. Leí mucho, todo lo que cayó por mis manos. Y sobre todo, probé muchas técnicas, casi todas con poco éxito, al menos en lo que a mi fidelidad a usarlas respecta. 

A pesar del poco éxito, creo que aprendí algunas cosas. La primera y más importante es que todas las técnicas de productividad personal van, en el fondo, de lo mismo: de cómo proteger y ampliar el tiempo que puedes estar enfocado y concentrado en una tarea.

Y sobre todo de la segunda mitad de esa frase, de foco y concentración, es de lo que va el capítulo de hoy. 

Hay un concepto que se repite en muchas filosofías orientales, como el budismo o el taoísmo, que es el de la mente de mono. Y es que nuestro cerebro tiene una tendencia natural a saltar de pensamiento en pensamiento y a reclamar nuestra atención constantemente, igual que lo haría un mono nervioso, saltando de rama en rama y chillando sin parar. 

Y sin embargo, todos hemos tenido alguna vez esa sensación de concentración plena, como si nuestro cerebro fuese una linterna en una habitación completamente oscura, que sólo enfoca a un punto. Nuestro alrededor y hasta nuestros sentidos pasan a un segundo plano. Estamos tan conectados con lo que estamos haciendo que, de pronto, nos damos cuenta de que se nos han pasado las horas volando, que estamos helados o que se nos ha olvidado comer. 

A esa sensación, algunos le llaman “flow”. Otros lo llaman “estar en la zona” o estar “conectados” (creo recordar que en la peli de la red social de Fincher lo decían todo el rato). Tú llámalo como quieras, pero seguro que sabes a lo que me refiero. Y, a poco que lo pienses, es lo más parecido a un superpoder que tenemos. O, al menos, lo más parecido yo he sentido en mi vida. 

Pero… ¿cómo acallamos a los monos de nuestro cerebro? ¿Cómo mejoramos nuestra concentración y favorecemos ese estado de flow? 

Mi forma de pensar en la concentración es que creo que nace de alinear cuatro cosas: objetivo, voluntad, prioridades y contexto. No te tomes estas cuatro ideas como una verdad académica, porque me las he inventado yo, no tienen fundamento científico, ni creo haberlas leído en ningún sitio, o al menos no soy consciente de haberlo hecho. Pero son lo que mi cerebro ha destilado de todos aquellos experimentos de los que te hablaba antes. Y no creo que vayan muy desencaminadas. 

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Imagen del capítulo: Photo by Paul Skorupskas on Unsplash

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