#63 La leyenda del tiempo (y III): fiestas, lavadoras y cáscaras de plátano

Hace algunos años, Stephen Hawking tuvo una brillante idea: organizó una fiesta para viajeros en el tiempo. Había champagne y todo tipo de aperitivos. Pero para asegurarse de que únicamente iban viajeros temporales, sólo hizo públicas las invitaciones después de la fiesta. 

Lamentablemente, nadie apareció. Para Hawking esto fue una prueba de que no se podía viajar en el tiempo. Pero entre tú y yo te diré, que para mí lo que prueba es que las fiestas frikis no suelen tener mucho éxito. 

Lo cierto es que viajar en el tiempo nos lleva fascinando mucho tiempo, valga la redundancia. En 1889, Mark Twainescribió “Un yanqui en la corte del rey Arturo”. Pero sus métodos para viajar en el tiempo no eran especialmente sofisticados: un golpe en la cabeza para ir al pasado y la magia de Merlín para volver al presente. Por eso, suele decirse que los viajes en el tiempo comenzaron con H.G. Wells y con su novela de 1895, “La Máquina del tiempo”. 

Él fue el primero en darle cierto aire científico a la cosa y en conseguir que nos pareciera un poco menos imposible. Así nuestras fantasías por conocer otras épocas o incluso cambiar el curso de la historia inundaron la literatura, los cómics o, por supuesto, el cine. Nos subimos al Delorean, recibimos del futuro a un robot aniquilador y culturista con acento austriaco y atrapamos a Bill Murray, una y otra vez, en el mismo día. 

Y aunque lo normal sería que si se pudiera viajar en el tiempo ya hubiéramos conocido a algún turista del futuro, siempre nos queda la misma pregunta: ¿sería realmente posible? 

Y en el berenjenal de intentar responder a esta pregunta me he metido en las últimas semanas. Mi conclusión es que desde un punto de vista estrictamente teórico viajar al futuro, sí, sería posible. Y, aunque viajar al pasado sería mucho, pero que mucho, más problemático, tampoco puede afirmarse que fuera estrictamente imposible. Ahora, que una cosa es que algo sea posible y otra que sea realizable. 

Y es que, fuera una prueba definitiva o no, me temo que el resultado de la fiesta de Hawking coincide con la opinión científica generalizada. Aunque sobre el papel y en teoría, hay formas científicamente válidas de desplazarnos a través del tiempo, para ponerlas en práctica tendríamos que ser capaces de hazañas que nos quedan absurdamente lejos de nuestra capacidad actual, como movernos a velocidades cercanas a la luz, fundir estrellas o  dominar agujeros de gusano. Hazañas, todas ellas, que nos devuelven de nuevo a un mundo más propio de la ficción que de la ciencia. 

Pero decía Arthur C. Clarke que, cuando un científico eminente, pero anciano afirma que algo es posible, seguramente tiene razón. Pero que cuando ese mismo científico dice que algo es imposible, probablemente se equivoque. 

Así que en el capítulo de hoy nos vamos a aferrar a esa idea y vamos a intentar hablar de los viajes en el tiempo y sus paradojas, caminando en la frontera entre la ciencia y la ficción. A veces caeremos en un lado y otras, en el otro.

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