#44 ¿Será 2020 el mejor año de la historia de la humanidad?

Una mañana cualquiera, Drácula se presenta en tu salón. Y en lugar de usarte de desayuno, o al menos antes de hacerlo, le da por tener una amable conversación contigo. Te cuenta que se acaba de despertar de una larga siesta, de un siglo y medio más o menos, y que está fascinado por tu mundo. 

Mientras tú tiemblas de miedo en una esquina, él enciende y apaga la luz, jugando con el interruptor como un niño pequeño. Gira y gira sobre sí mismo, pasando los ojos por cada rincón de la habitación, maravillado. De pronto se para y te mira fijamente. Se acerca lentamente a ti. Sonríe entre divertido y confundido y te dice:

“He sido un noble durante más de 400 años. He vivido en palacios y castillos. He conocido a las personas más poderosas de la historia y nunca, jamás, había conocido tanto lujo. 

Sabía que el futuro traería maravillas. 

Pero no tenía ni idea de que las haría ordinarias.

He querido empezar el capítulo con este pequeño homenaje para recomendarte una mini-serie llamada Drácula, que ha hecho la BBC y que tienes ahora mismo en Netflix. Al menos en España, en otros países imagino que también, pero no lo sé. El caso es que a mí me ha parecido bastante entretenida y además, con esta escena que te he descrito, me recordó un tema que llevaba queriendo tratar desde la primera temporada de kaizen. Y lo que pasa es que con esta mente dispersa que la naturaleza me ha dado, lo había dejado a medio escribir y me había puesto con otros. 

Y es que, a excepción de Drácula -y tal vez otros seres inmortales que flipan con nuestra época-, me parece que todos tenemos cierta sensación de que el mundo va a peor en los últimos años: seguimos cargándonos el planeta, surgen populismos en casi todos los países occidentales y en la distancia ya empezamos a escuchar el murmullo de la siguiente crisis cuando ni siquiera hemos cerrado del todo las cicatrices de la anterior. Así que el panorama no parece el más positivo.

Pero siendo todo eso cierto, que lo es, a la vez creo que nos falta la perspectiva suficiente como para entender que vivimos en el mejor momento posible. Literalmente: nunca ha habido un momento mejor en la historia de la humanidad. 

Claro, que lo mismo no soy objetivo, porque es el que me ha tocado vivir. ¡Decir lo contrario, me deprimiría profundamente!

Al menos parece no estoy solo en esto de creer que hay cosas que celebrar. En los últimos años se han publicado varios libros y estudios que analizan de manera metódica cómo ha progresado la humanidad y que me han servido de referencia para este capítulo. Hay también una página maravillosa que se llama “Our World in Data” que se dedica a analizar cómo progresamos frente a los mayores retos de la humanidad. Así que como han sido bastantes las referencias en las que me he apoyado y para no estar repitiéndome continuamente, que sepas que tienes todas en las notas del capítulo por si quieres profundizar por tu cuenta.

Uno de esos libros es Factfulness, de Hans Rosling. Y en él, Rosling explica que hay 10 instintos o tendencias que distorsionan la imagen que tenemos del mundo. Son cosas como la tendencia que tenemos a enfocarnos más en las cosas negativas que en las positivas, lo mal que se nos da estimar magnitudes o la necesidad que tenemos de agrupar y generalizar. No me voy a extender sobre ellas, porque son un montón, y porque además tienen mucho que ver con un tema del que ya te he hablado bastante en el podcast: los sesgos cognitivos. Creo que cada uno de estos instintos que menciona Rosling están claramente asociados a algún sesgo. 

Para mí, un ejemplo muy claro de esto son las noticias. Si al hecho de que las noticias negativas venden mucho, y que por lo tanto estamos bombardeados por ellas, le unes nuestro sesgo de disponibilidad (es decir, que nos parece más frecuente, o más probable, lo que hemos escuchado recientemente, simplemente porque está más disponible en nuestro cerebro), pues creo que es evidente que podemos acabar teniendo una visión distorsionada de la realidad. 

A ver, no me malinterpretes, no estoy en contra ni mucho menos de que las noticias nos recuerden las cosas que van mal. Porque es obvio que las cosas no van bien en muchos aspectos. Es más, hay una curiosa y peligrosa paradoja en eso de que sea el mejor momento de la historia para estar vivos, porque igual que lo es, podemos convertirlo en el peor casi de golpe. En algunos aspectos, la diferencia entre mejorar y no hacerlo puede perfectamente ser la diferencia entre nuestra supervivencia o nuestra extinción. O al menos, una vuelta a sufrimientos que creíamos olvidados. Vamos, que no estamos como para relajarnos tampoco. 

Pero sí creo que es un falso dilema que tengamos que elegir entre conocer y celebrar los éxitos o ser conscientes del camino que queda por recorrer y de la importancia de los retos que tenemos por delante. 

En fin, que todo este rollo es para explicarte que quiero dedicar algunos capítulos a explorar eso que algunos llaman contrarianismo. Es decir, narrativas alternativas que nos hagan replantearnos lo que habitualmente tomamos por cierto. O hablar de realidades menos evidentes, al menos. Y en el capítulo de hoy he querido empezar por la cara A, la más luminosa. La de buscar cosas de las que alegrarnos. Ya tendremos tiempo, más adelante, de pensar en cuáles de las cosas que creemos que van bien, quizás no lo vayan tanto. 

Así que, entre tanta noticia catastrófica, hoy vamos a intentar poner una perspectiva histórica a nuestra propia evolución. Insisto, no para que nos relajemos, sino para que entendamos que hemos conseguido avances increíbles en los últimos años y reforzarnos en nuestro compromiso por mejorar aún más en lo que nos queda por recorrer.

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